viernes, 19 de octubre de 2012

Respirar y Avanzar

(Fernando Parrado)

Un acto tan sencillo como respirar, constituía un gran esfuerzo para Fernando Parrado y los demás jóvenes que le acompañaron en el calvario de los Andes en 1972. Aunadas a las condiciones extremas del panorama, se encontraban los sentimientos desgarradores de ver morir a amigos, familiares. La sombra fría de la muerte los rodeó por todos aquellos días sin tregua después del trágico accidente que sufrieron aquel  viernes 13 de octubre de 1972

Les puede parecer extraño, sin embargo, esta historia tiene una gran huella en mi vida personal. Uno diría, qué tiene que ver, pero sí y mucho. Cabe mencionar que es la primera vez en mi vida que se lo cuento a alguien y si lo hago es a modo de celebración de un suceso que quedará olvidado para siempre.

Todo se remonta a cuando yo tenía 15 años recién cumplidos, y estaban pasando en la televisión, la versión Hollywood de la "Tragedia de los Andes" basándose en el libro de Piers Paul Read. ¿La recuerdan?...  se llama “Alive!” con el flamante Ethan Hawke haciendo el papel del inolvidable Nando.



La película es demasiado “agringada”, ya saben, a los gringos les encanta quitar el lado humano a los héroes para convertirlos en “súper héroes”. Pero en esencia, sí revela, el drama y el voluntarioso carácter de Nando.

En aquellos días de 1995 yo me encargué de reclutar un equipo de fútbol, con chicas de la escuela, eran aquellos mis primeros días de preparatoriana. Aquel equipo fue una experiencia efímera en mi vida. Recuerdo que yo era la más entusiasta y me dieron hasta la capitanía porque mi espíritu estaba al máximo, yo tenía el corazón, el entusiasmo y unas ganas gigantes de practicar mi deporte predilecto. Pero había un detalle, carecíamos de entrenamiento, en pocas palabras, éramos pésimas.

Para no hacer la historia más larga, jugamos un sábado por la mañana y nos dieron una goleada bárbara que nos descalificó del torneo. La situación fue bastante vergonzosa, sobre todo para mí que era el alma del equipo. Todas estábamos tristes, y las demás chicas como que me reclamaban el hecho de no haber dado más, por ser su líder, vaciaron toda la culpa de la derrota en mí. Y así, derrotada me sentí aquel fin de semana.

Al día siguiente pasaron la película, mi desánimo por el partido de fútbol era bárbaro, y con mi costumbre de contarle a la gente mis sentimientos, expresé mi pesadumbre por la goleada tan vergonzosa que nos pusieron.

Vi la película acompañada de una persona a quien le confié mi pesar sobre lo acontecido con el equipo de fútbol.

Empezamos a ver el drama de los Andes, y ya saben, la trama espantosa por la que pasan los personajes del suceso (conocida por todos y que me abstendré de contar). La película muestra cómo aquellos que cayeron en la desesperanza comenzaron a morir, y sólo las figuras de Nando (Parrado) y Roberto (Canessa) empezaron a emerger entre los que se vencían y los que luchaban.

Yo, a mis 15 años estaba profundamente conmovida por la derrota del día pasado, y la historia de los Andes me deprimió aún más, pero, lo que realmente destruyó una parte de mí (una parte que hasta el día de hoy acabo de reparar en su totalidad) fue que la persona con la que estaba viendo la película me dijo las siguientes palabras:

Si tú hubieras estado ahí, dijo señalando el televisor, como eres una persona sin voluntad, seguro te hubieras muerto. Jamás en tu vida serás capaz de hacer algo como lo que hizo Nando.  Eres una persona sin capacidades, mira, tu equipo de fútbol falló porque tú, que eres la líder, lo llevaste al fracaso. Precisamente porque eres una persona sin voluntad. Tu personalidad es de una persona perdedora y así serás siempre”.

La película transcurría en la escena en la que Nando escalaba el que bautizara como “Monte Seler”, y algo se rompió dentro de mí. Ví a Nando como un personaje inalcanzable, y yo, como una joven de 15 años con espíritu endeble, sensibilidad extrema, y personalidad depresiva, me tragué una a una aquellas palabras que me dijo esa persona. No poseía esa capacidad de auto defensa para expulsar tan horribles frases de mi sistema, era extremadamente vulnerable e influenciable, y por muchos años creí esas frases al pie de la letra.

Después de aquella ocasión, desde luego no volví a jugar fútbol el resto de mi vida, y me rehusé a saber más de la “Tragedia de los Andes”, y cada vez que repetían la película, o había algún artículo o entrevista sobre el tema, prefería evitarlo, sobre todo por el recuerdo de aquellas palabras tan hirientes. Confieso que sentía cierta aversión hacia Nando, porque cada vez que recordaba sus hazañas, instantáneamente asociaba que yo era todo lo contrario y comenzaban la negatividad a inundarme.

Pasaron los años, muchos años, muchas vivencias, me hice adulta.

Ahora a mis 32 años, después de leer el libro escrito por el mismo Nando Parrado “Milagro en los Andes”, y la estrujante y doliente narración que hiciera Piers Paul Read en su novela ¡Viven! Me enfrenté a aquel fantasma que me persiguió por 17 años.

Conocer la historia de Fernando Parrado desde un punto de vista más íntimo, y saber que las circunstancias extremas convierten a un ser ordinario en extraordinario, me llevó a darme cuenta que yo puedo y quiero ser como él. Se acabó esa creencia de que soy lo contrario a Nando, ahora me siento inspirada por lo que él hizo, por lo que logró y dio por sus amigos.

Su férrea fuerza de voluntad, dudo tenerla, pero no lo veo como un pensamiento auto martirizante, sino con humildad, y sin embargo, su ejemplo, ese sí lo quiero seguir. El de la valentía, la fuerza, la fe y la convicción de que hay una salida en medio de la desesperanza. Cada vez que me vea en circunstancias que parezcan no tener remedio, pensaré en buscar alternativas, como Nando lo hizo, no me quedaré cruzada de brazos, sino que buscaré mi camino.

Haciendo un profundo auto análisis, y sin ánimo de presunción, me he dado cuenta que muchas veces en mi vida he salido adelante aplicando la voluntad y valentía parecidos a los que Nando tuvo (obviamente en circunstancias minúsculas junto a la magnitud de su hazaña). Y que la mayoría de las veces he sido fuerte y he salido adelante, también he tenido fracasos, pero he tenido victorias únicas y valiosas.

Aun así, aquellas viejas palabras aún resonaban dentro de mí, pero el mismo Fernando Parrado con su historia me ha ayudado a erradicar para siempre a aquel fantasma de la juventud. Y la aversión que sentía hacia él ahora se convirtió en devota admiración, porque es gracias a él que me acuerdo que aquellas nefastas palabras que me envenenaron por tantos años son una gran mentira.